miércoles, 20 de junio de 2012




Las Guerras Civiles en Colombia
EL derrumbe del concepto de Estado
             
                                                                                                                        Por:  Camilo Bravo[1]


Lo que pretende esta indagación no es hacer una reseña de los hechos ni situaciones que moldearon las guerras civiles en Colombia en el siglo XIX,  no se trata de repetir información que bien podría consultarse en un libro de historia y que de forma más explícita expondría las formas por las cuales la disputa por el poder entre liberales y conservadores, (evoluciones del problema Santander – Bolívar), formaron la conciencia del pueblo y desdibujaron la correcta enunciación y atomización de un ciudadano concreto y referenciado a un Estado más real que formal; menos  busca develar la pelea entre la fe y la “razón”, por la representación de lo público que muy bien  expone  María Teresa Uribe de Hincapié en su libro Nación, Ciudadano y soberano.

Si algo pretende obviamente  desde un ejercicio de arrojo es la enunciación de una hipótesis que puede ser debatida desde múltiples escenarios,  pero que se sustrae  de las lecturas hechas por el autor (yo) de los diferentes textos históricos que han enriquecido medianamente el ejercicio académico y desde la praxis concreta de la cotidianidad,  que me han formado como individuo critico de mi propia realidad, la cuestión que dará vida a esta breve reflexión  se sustrae desde la pregunta  ¿hasta dónde se puede hablar de un Estado en Colombia? Puedo responder atrevidamente que en Colombia no ha existido Estado, quizás Nación sí, e incluso una gran Patria,  pero Estado permítanme dudarlo,  y para no parecer pretencioso u ocioso  tratare de pedir ayuda a María Teresa Uribe:

Uribe (2001)

En Colombia, lo público tuvo como primera expresión la comunidad cristiana, entendida como la comunión de bienes espirituales, de creencias y de mandatos morales. Los referentes de identidad se construyeron desde allí y se participaba en esa comunidad si se era recibido por la iglesia mediante los ritos sacramentales (p. 165).

                Lo público, entendido como comunidad cristiana, no logró establecer límite alguno entre la moral privada y las virtudes públicas; éstas no existían como tales ni resultaban necesarias pues lo común y lo colectivo estaban totalmente acotados por el universo simbólico de la moral católica, que partía del presupuesto según el cual un buen cristiano era también un buen ciudadano (p. 165).

                El advenimiento de la república y la fundación de un Estado estructurado jurídicamente bajo la forma racional legal, formalmente regido por leyes abstractas y generales, instauraba, por lo menos en el orden constitucional que lo fundamentaba, una sociedad moderna que como tal abandonaba, como principio estructurante y legitimador del orden social, al metarrelato religioso para descentrar el mundo en esferas relativamente autónomas; con lógicas propias, separando el derecho de la moral y dando paso a unas representaciones colectivas o estructuras de conciencia racionalizantes y universalista (p. 167).

Estas dos visiones se enfrentaron en una lucha por las esferas de representación simbólica llevando sus visones de mundo al extremo pero sobre todo desarticulando la relación entre  los individuos que componían el universo cotidiano (indígena, esclavos, artesanos, criollos, mestizos, etc.) y los referentes de universalidad,  en este caso el Estado el cual fue reducido como expone Uribe(2001) (lo cual no es necesario leer si está de acuerdo conmigo que en Colombia jamás ha existido Estado) a la participación  de uno u otro estadio de “conocimiento” de la realidad objetiva por parte de los actores mencionados arriba y que debe ser defendida como expone nuestra autora desde el relato de la sangre derramada y en su defecto bajo el discurso de los agravios.

Uribe (2001) expone:

La lucha por el control de la representación de lo público entre el conservadurismo y el radicalismo no logró definirse a favor de ninguno de los grupos enfrentados; la esfera pública no sería ya comunidad cristiana en el sentido del orden tradicional, pero tampoco sociedad de individuos libres articulados por las representaciones colectivas racionalizantes y autónomas de la sociedad moderna. Por el contrario, lo público terminó escindido en dos mitades mutuamente excluyentes y antagonizadas de cuyas agresiones recíprocas está hecha la historia de Colombia.

Esta escisión de lo público terminó anulando este espacio privilegiado para la formación de universos simbólicos de cohesión y de identidad. En su lugar se instauraron las de los partidos como representantes de comunidades imaginadas que otorgaban sentido de pertenencia y representaciones colectivas a las localidades, los sujetos, los vecindarios y las regiones, creando un sentido de nación y de patria que se confundía con los partidos y se imbricaba con ellos.

La lucha por la representación de lo público propició su escisión, su fractura y su reemplazo por las dos colectividades partidistas; éstas pasaron a acotar ese espacio, a representarlo, a simbolizarlo. Fueron sus universos simbólicos y no los de la nación o del Estado los que le otorgaron algún principio legitimador e integrador a la sociedad colombiana.

Esta vía tortuosa e híbrida en el tránsito hacia la modernidad tuvo repercusiones de hondo calado en la vida política nacional. Aquí enunciamos las siguientes:

Lo público sustituido y la ausencia de cultura política. La escisión de lo público en lo partidista no permitió que se transformase de manera significativa el viejo ethos sociocultural y que las representaciones colectivas racionalizantes y universalistas, que existían objetivamente en la Constitución y en la ley, fuesen asumidas e integradas por los sujetos como parte de sus mentalidades o como guías para orientar sus acciones y sus comportamientos; por el contrario, la identidad fue partidista y excluyente. El antagonista político fue considerado como una amenaza para la identidad, para el ser social colectivo. Este fenómeno dio paso a una mentalidad excluyente que dificulta la conformación de una verdadera cultura
política.

La escisión del referente público no permitió la consolidación del Estado como “el otro generalizado” (tal como lo concebía Durkheim)15 . El Estado existía formalmente en el ordenamiento jurídico pero no era percibido así por la mayor parte de los sujetos sociales. Estos carecían de representaciones colectivas para identificar la diferencia entre Estado y partidos, lo que condujo a la construcción del primero como un aparato débil, fragmentado y con dificultades reales para mantener el orden y organizar la vida social.

La debilidad de lo social y la sobrepolitización de los conflictos. La escisión de lo público y su representación en forma partidista, aunada a la debilidad del Estado, determinó que la mayor parte de los conflictos transitaran por los canales de los partidos y se debatieran en el espacio de lo propiamente político, aunque originalmente no tuviesen dicho carácter. De allí resultarían las confrontaciones sobrepolitizadas que ante la escisión de lo público se resolvían por la fuerza, la
guerra y la violencia.

Así, conflictos étnicos, vecinales, entre localidades y regiones, interindividuales, conflictos por la tierra, por el control de recursos naturales y de toda índole se politizaron y se desarrollaron en esa matriz histórico partidista que sustituyó lo público en Colombia16 .

La sobrepolitización de los conflictos tuvo como corolario el debilitamiento de las sociabilidades y la dificultad para consolidar una sociedad civil fuerte y organizada. La mayor parte de las organizaciones correspondientes a este ámbito (sindicatos, asociaciones campesinas, gremios, acciones comunales) han surgido en el espacio de los partidos o terminaron cooptados por ellos.

La debilidad de la ciudadanía y la ausencia de virtudes públicas. La escisión de lo público y su representación partidista no permitió que las representaciones colectivas de la modernidad, como la ciudadanía y la soberanía popular, tuviesen una existencia real y se instalasen en las mentalidades, en los sentidos comunes y en los ethos socioculturales; en lugar de ciudadanos, este proceso crea copartidarios, miembros de partido, clientelas, clubes políticos y otras organizaciones del mismo estilo.

A su vez, las virtudes públicas se confunden con la ideología o las necesidades del partido; en este contexto, ser buen ciudadano pasa a equipararse con ser buen copartidario, buen miembro del partido, ir a las urnas o apoyar a sus jefes naturales.

No hay un código público interiorizado y la moral individual privada no provee elementos que permitan constituirlo.

Pese a las dificultades descritas y a las implicaciones políticas y éticas de estas vías de tránsito entre lo tradicional y lo moderno, los partidos y sus universos simbólicos funcionaron como los referentes de identidad a través de los cuales se garantizaba alguna forma de legitimidad política. Por su parte la moral católica, privada y trascendente, logró ejercer control social sobre todo en el campo de lo doméstico y de las relaciones intersubjetivas; esto en el espacio de la sociedad mayor, porque las regiones y pueblos excluidos y librados a su propia suerte constituyeron referentes fragmentarios y localistas que diferían y se confrontaban con lo bipartidista y con la moral católica.

Este modelo de legitimidad y de identidad —que funcionó precariamente mientras la sociedad colombiana fue predominantemente rural y pueblerina, territorialmente dispersa, económicamente fragmentada y culturalmente desintegrada—, empieza a mostrar signos alarmantes de crisis política (de legitimidad) y ética (de valores) cuando el país entra por la senda de las grandes transformaciones sociales propias de la industrialización, la urbanización y la modernización, es decir, cuando las formas tradicionales y los referentes espacio-temporales en los cuales se asentaba el viejo ethos, se disuelven y se descomponen por la vorágine de la vida moderna.


¿Entonces qué es lo que propone esta pesquisa?  La intención del presente trabajo está dada desde la enunciación de aquellas categorías que permitieron la posibilidad de una “guerra civil” en Colombia en el siglo XIX. Pero no sub - categorías como hechos o fechas sino mas bien las condiciones de posibilidad ancladas detrás de estos hechos y fechas.
Como una  estratega la historia se posa de generación en de – generación articulando sus huellas dejadas en la conciencia de los pueblos y de las mentes de sus “ciudadanos”  haciendo el eterno retorno tratando de guiar al general en su laberinto.
Como ideas de formulación epistemológica, las aristas del proyecto ilustrado francés e ingles se enuncian pero no se concretan,  más bien rondan  las calles oscuras y sempiternas de la vieja y condenada experiencia del pensamiento enclaustrado en doctrinas ideológicas en hombres que no han alcanzado la mayoría de edad necesaria para la consolidación del proyecto ilustrado, y si exponen a su coterráneos a derramar sangre y vida en nombre de una patria y una nación que reemplazo el Estado (pero no a la Nación), garante de un ciudadano real y autónomo que esta mas allá de la pertinencia y la pertenencia a un partido, el jubilo mortal se concreta en la herencia a un partido ojala sea el conservador  pues es este el que expresa con mayor fervor el mensaje del que murió en la Cruz.
Este inmenso cementerio que es Colombia llora sus muertos día a día, lo ha llorado desde hace más de 200 años y parece que está condenada a seguir llorándolos por los siglos de los siglos.
Los llora desde el intento de asesinato a Simón Bolívar hasta los días en que el sol aun sale bajo el desteñido velo de moral y ética que presupone el asenso de Juan Manuel Santos al poder en pleno siglo XXI, quien en su conciencia mantiene la sobra de un pueblo sin conciencia o con ella pero en letargo perpetuo.
Este estado de conciencia es regalo divino?  O es una maldición de mestizaje, esa mancha de sangre que nos persigue ? Cualquier respuesta  podría referirse a la consolidación de una artimaña de las historia infantil que ha vivido Colombia durante todo su proyecto de Patria y República, porque de eso si que nos sobra, tenemos huéspedes eternos que se quedaron habitar para siempre en la sombra de una clase política vil e indolente, que se jacta de propender valores para la subyugación de la conciencia del “pueblo” si es que aun existe esta categoría, siempre exaltando la Patria y República como categorías de referencia. 
Se puede mencionar que si el Estado quedo reducido como lo expone Uribe (2001) a un simple ejercicio discursivo enunciativo de unos actores en pelea por la representación de lo público,  que asignaron el que hacer ciudadano a la pertenecía y pertinencia de dicho ejercicio político, en Colombia jamás han existido guerras civiles, y si estas han sido expresadas, será de manera enunciativa por parte de los líderes políticos de alta “alcurnia” que incitan a la masa a levantamientos en armas, pero siempre bajo unas lógicas muy históricas que develan un trinomio cuadrado no perfecto: lo local, lo regional y lo nacional.
Ahora bien atrevernos a decir lo anterior, nos obliga a considerar una revisión rápida de que podría entenderse como “Guerra Civil”, para (Posada2001) es menester comprender como primer momento que el concepto de Guerra  resulta complejo y de difícil aprehensión, pues la diversificación de definiciones pone el tema mismo en una disputa por su significación; si esto le ocurre al concepto mismo de guerra,  el de “guerra civil “no podrá escaparse de este mismo destino:
                Posada (2001) Expone:
La  “guerra” es uno de esos conceptos en extremo complejos, difíciles de definir. En      sus términos más amplios, según Clausewitz “la guerra es… un duelo en gran escala”: o “un acto de fuerza para obligar a nuestros enemigos a hacer nuestra voluntad”(citando                 otro autor) desde la perspectiva del derecho y de la política internacional, la guerra ha               sido históricamente asociada con los conflictos entre estados(citando otro autor)
                Una simple definición de “guerra civil” remitiría entonces a un conflicto                              interno, dentro de las fronteras de un Estado, en contraposición a una guerra                 internacional. Este es, en efecto, el uso general del término. (p. 1)

La pregunta que subyace a partir de una postura como esta es como definir entonces “guerra civil” en unas fronteras sin estado?
Una de las variables que quizás podamos encontrar como correlacionada al concepto mismo de guerra civil en Colombia, pero aclaro que no lo define en su mismidad,  es el gran componente emotivo y de pasión que encierra, situación que lleva a expresar como lo expone Posada(2001) la exaltación de la ira del hombre, situación en la cual el padre combate con el hijo y viceversa, hermanos entre hermanos, la familia, la comunidad resultan así enemigas. “las partes en conflicto  pertenecen a una misma comunidad política, existe cierto balance entre fuerzas en disputa, y un alto nivel de confrontación que determina conductas extraordinariamente brutales”. (Posada 2001, citando a Espinosa, p. 2)
Pero que es aquello que a acontecido en Colombia durante el siglo XIX? siguiendo al mismo autor podemos comprender que para dar referencia a un concepto se pueden utilizar  múltiples interpretaciones que justifiquen la idea que satisfaga a la mayoría, es así que el derecho internacional denominara de una forma el concepto de guerra civil y los teóricos de otra manera, mientras los primeros siempre buscaran adecuar el concepto mismo a su interés: la aplicación de sus leyes de la guerra a la conducta de los conflictos mismos para así definir las relaciones jurídicas entre terceros Estados y las diversas partes en conflicto, los segundos buscaran categorías diferentes de enunciación como por ejemplo la costumbre.
Desde este estado de cosas, en la cual la multiplicidad de expresiones discursivas que denotan las categorías más apremiantes del concepto mismo de “guerra civil”  la que puede encerrar mejor lo acaecido en Colombia durante el siglo XIX puede enmarcar perfectamente en la definición que el autor toma de los planteamiento  de De Vatell, el cual ofrece una amplia y casi escaneada imagen de lo que resulta el concepto mismo de “guerra civil” en Colombia, comprendiendo esta como dos actores sumidos en la irracionalidad propia de la minoría de edad, en donde la lucha por la representación de lo público juega el papel determinante en el quehacer político de un determinado “Estado”
Posada(2001) expone:
De Vattel no sólo favorecía así una amplia definición de “guerra civil”, sino que iba más allá. Tales conflictos  daban lugar, dentro de una misma “Nación”, al surgimiento  de dos partidos que, por sus visiones opuestas sobre la justicia de sus respectivos actos , deberían ser considerados por las leyes de la guerra como “dos cuerpos políticos separados, dos distintas naciones”(citando otro autor). Según  De Vattel  la distinción conceptual  dejaba de tener sentido: toda guerra civil  debería ser tratada como cualquier otra guerra internacional. (p.3)
                Sin embargo, De Vattel reconocía  de todas formas que tan amplio concepto  de “guerra Civil”  encerraba ciertos elementos sobre la intensidad o la dimensión del conflicto. Sus referencias a la existencia de la división de la República en dos partes   opuestas, “cada uno con demandas de ser el cuerpo del  Estado”, o al rompimiento del Estado que conduce a una “guerra pública entre dos Naciones diferentes”, así lo sugerirían. (p.3)
Esta misma imagen escanea es la que nos presenta Uribe (2001) en su texto Nación, Ciudadano, y soberano, en la cual nos expone como esta República se desfiguro desde el mismo momento del grito de la independencia y de lo cual se hizo mención en párrafos anteriores.
Ahora bien poder definir esas categorías que tratan de explicar la hipótesis que plantea este escrito pueden comenzar a rastrearse además de lo enunciado arriba, también,  en la poca correlación entre lo que se menciono como el trinomio cuadrado no perfecto (Nación, Región, Local) y como estas formas de enunciación discursiva bien sea liberal o conservadora no se dio de las mismas forma en los dos últimos términos (región, local) y mucho menos como tratamos  de explicar con Uribe(2001) en el ámbito Nacional.
González (2004) Expone:
Las reflexiones de Kalyvas parten de considerar que las guerras civiles no son conflictos binarios ni dicotómicos, sino procesos complejos y ambiguos que promueven las acciones conjuntas de actores locales, cuyas motivaciones, identidades e intereses se adaptan a los cambios nacionales y utilizan los recursos del orden central para su propia ventaja y en perjuicio de sus rivales. En ese sentido, sostiene este autor, muchas de las acciones de estas guerras parecen más relacionadas con asuntos locales o privados que con las confrontaciones de carácter general, ya que los actores locales aprovechan la guerra para arreglar conflictos locales y privados que a veces no guardan ninguna relación con las causas generales de la guerra ni con los objetivos explícitos de los beligerantes. Por otra parte, los actores que buscan el poder central utilizan recursos y símbolos que apelan a conseguir alianzas con los actores de las periferias local y regional que están luchando por sus intereses locales y regionales, con quienes podrían lograr una producción conjunta de acciones. Esta concepción implica, lógicamente, un desafío para la división clara entre la violencia política y la privada, y plantea una interacción entre actores nacionales, regionales y locales con diferentes identidades, motivaciones e intereses. Por eso, afirma Kalyvas, las guerras civiles pueden ser vistas como procesos que brindan la  oportunidad de que salga a flote una variedad de ofensas dentro de un conflicto mayor: esas ofensas pueden obedecer a tensiones locales o regionales preexistentes, o pueden ser también inducidas por la misma guerra civil, dados los cambios de poder en el nivel local y regional. (p. 39 -40)

Estos intereses entre lo que he denominado trinomio cuadrado no perfecto es lo que se evidencia en los distintos hechos ocurridos en la lucha por el poder entre liberales (sociedad moderna) y conservadores (sociedad tradicional) y que dieron nacimiento al sin fin de posiciones políticas explicitas en las distintas Constituciones Políticas que tuvo Colombia hasta la irrupción del re - generador Núñez.
La guerra civil acaecida en Colombia en el siglo XIX puede comprenderse como un ejercicio estratégico entre las tres partes involucradas y que estaba sedientas de poder y que buscaban mantener siempre un ejercicio de representatividad en ese imaginario colectivo que se llamaba Estado pero que se lograba confundir con referentes como Patria o Nación,
González (2004) Expone:
a veces el poder estatal regional puede convertirse en el enemigo mortal del poder local en un régimen federal, mientras que el centralismo de un Estado lejano e ineficiente puede representar una garantía para las autonomías locales.7 La necesidad de esta lectura tripolar se hace evidente en el caso de la apelación al federalismo en la última etapa de la Guerra de los Supremos, como conclusión de un conflicto que se inicia en la localidad, se expande a la región y luego a la nación, y sirve de detonante de una serie de problemas muy distintos en cada una de las regiones involucradas

Bibliografía:
González Fernán E. (2004) A propósito de “Las palabras de la guerra”: los comienzos conflictivos de la construcción del Estado nación y las guerras civiles de la primera mitad del siglo XIX* en Estudios Políticos No. 25 Medellín-. julio-diciembre 2004 – 37 – 70.

Posada, Eduardo (2001) ¿GUERRA CIVIL? El lenguaje del conflicto en Colombia. Bogotá D.C. Colombia. Ideas Para la Paz.
Uribe, María T. (2001), Nación, Ciudadano y Soberano. Medellín, Colombia. CORPORACIÓN REGIÓN

Uribe, María T. (2004), El republicanismo patriótico y el ciudadano armado*. En Estudios políticos. No. 24. Medellín. Colombia.


[1] Sociólogo, estudiante de la Maestría en Filosofía Latinoamericana. 

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