Las
Guerras Civiles en Colombia
EL
derrumbe del concepto de Estado
Por: Camilo Bravo[1]
Lo que pretende esta indagación no es
hacer una reseña de los hechos ni situaciones que moldearon las guerras civiles
en Colombia en el siglo XIX, no se trata
de repetir información que bien podría consultarse en un libro de historia y
que de forma más explícita expondría las formas por las cuales la disputa por
el poder entre liberales y conservadores, (evoluciones del problema Santander –
Bolívar), formaron la conciencia del pueblo y desdibujaron la correcta
enunciación y atomización de un ciudadano concreto y referenciado a un Estado
más real que formal; menos busca develar
la pelea entre la fe y la “razón”, por la representación de lo público que muy
bien expone María Teresa Uribe de Hincapié en su libro Nación,
Ciudadano y soberano.
Si algo pretende obviamente desde un ejercicio de arrojo es la enunciación
de una hipótesis que puede ser debatida desde múltiples escenarios, pero que se sustrae de las lecturas hechas por el autor (yo) de
los diferentes textos históricos que han enriquecido medianamente el ejercicio
académico y desde la praxis concreta de la cotidianidad, que me han formado como individuo critico de
mi propia realidad, la cuestión que dará vida a esta breve reflexión se sustrae desde la pregunta ¿hasta dónde se puede hablar de un Estado en
Colombia? Puedo responder atrevidamente que en Colombia no ha existido Estado,
quizás Nación sí, e incluso una gran Patria, pero Estado permítanme dudarlo, y para no parecer pretencioso u ocioso tratare de pedir ayuda a María Teresa Uribe:
Uribe (2001)
En
Colombia, lo público tuvo como primera expresión la comunidad cristiana, entendida como la comunión de bienes
espirituales, de creencias y de mandatos morales. Los referentes de identidad
se construyeron desde allí y se participaba en esa comunidad si se era recibido
por la iglesia mediante los ritos sacramentales (p. 165).
Lo público, entendido como
comunidad cristiana, no logró establecer límite alguno entre la moral privada y
las virtudes públicas; éstas no existían como tales ni resultaban necesarias
pues lo común y lo colectivo estaban totalmente acotados por el universo
simbólico de la moral católica, que partía del presupuesto según el cual un
buen cristiano era también un buen ciudadano (p. 165).
El advenimiento de la república
y la fundación de un Estado estructurado jurídicamente bajo la forma racional
legal, formalmente regido por leyes abstractas y generales, instauraba, por lo
menos en el orden constitucional que lo fundamentaba, una sociedad moderna que como tal
abandonaba, como principio estructurante y legitimador del orden social, al
metarrelato religioso para descentrar el mundo en esferas relativamente
autónomas; con lógicas propias, separando el derecho de la moral y dando paso a
unas representaciones colectivas o estructuras de conciencia racionalizantes y
universalista (p. 167).
Estas dos visiones se enfrentaron en
una lucha por las esferas de representación simbólica llevando sus visones de
mundo al extremo pero sobre todo desarticulando la relación entre los individuos que componían el universo
cotidiano (indígena, esclavos, artesanos, criollos, mestizos, etc.) y los
referentes de universalidad, en este
caso el Estado el cual fue reducido como expone Uribe(2001) (lo cual no es
necesario leer si está de acuerdo conmigo que en Colombia jamás ha existido
Estado) a la participación de uno u otro
estadio de “conocimiento” de la realidad objetiva por parte de los actores
mencionados arriba y que debe ser defendida como expone nuestra autora desde el
relato de la sangre derramada y en su defecto bajo el discurso de los agravios.
Uribe (2001) expone:
La
lucha por el control de la representación de lo público entre el
conservadurismo y el radicalismo no logró definirse a favor de ninguno de los
grupos enfrentados; la esfera pública no sería ya comunidad cristiana en el
sentido del orden tradicional, pero tampoco sociedad de individuos libres
articulados por las representaciones colectivas racionalizantes y autónomas de
la sociedad moderna. Por el contrario, lo público terminó escindido en dos
mitades mutuamente excluyentes y antagonizadas de cuyas agresiones recíprocas
está hecha la historia de Colombia.
Esta
escisión de lo público terminó
anulando este espacio privilegiado para la formación de universos simbólicos de
cohesión y de identidad. En su lugar se instauraron las de los partidos como
representantes de comunidades imaginadas que otorgaban sentido de pertenencia y
representaciones colectivas a las localidades, los sujetos, los vecindarios y
las regiones, creando un sentido de nación y de patria que se confundía con los
partidos y se imbricaba con ellos.
La
lucha por la representación de lo público propició
su escisión, su fractura y su reemplazo por las dos colectividades partidistas;
éstas pasaron a acotar ese espacio, a representarlo, a simbolizarlo. Fueron sus
universos simbólicos y no los de la nación o del Estado los que le otorgaron
algún principio legitimador e integrador a la sociedad colombiana.
Esta
vía tortuosa e híbrida en el tránsito hacia la modernidad tuvo repercusiones de
hondo calado en la vida política nacional. Aquí enunciamos las siguientes:
Lo
público sustituido y la ausencia de cultura política. La escisión de lo público en lo partidista
no permitió que se transformase de manera significativa el viejo ethos
sociocultural y que las representaciones colectivas racionalizantes y
universalistas, que existían objetivamente en la Constitución y en la ley,
fuesen asumidas e integradas por los sujetos como parte de sus mentalidades o
como guías para orientar sus acciones y sus comportamientos; por el contrario,
la identidad fue partidista y excluyente. El antagonista político fue
considerado como una amenaza para la identidad, para el ser social colectivo.
Este fenómeno dio paso a una mentalidad excluyente que dificulta la
conformación de una verdadera cultura
política.
La
escisión del referente público no permitió la consolidación del Estado como “el
otro generalizado” (tal como lo concebía Durkheim)15 . El Estado existía
formalmente en el ordenamiento jurídico pero no era percibido así por la mayor
parte de los sujetos sociales. Estos carecían de representaciones colectivas
para identificar la diferencia entre Estado y partidos, lo que condujo a la
construcción del primero como un aparato débil, fragmentado y con dificultades
reales para mantener el orden y organizar la vida social.
La
debilidad de lo social y la sobrepolitización de los conflictos. La escisión de lo público y su representación
en forma partidista, aunada a la debilidad del Estado, determinó que la mayor
parte de los conflictos transitaran por los canales de los partidos y se
debatieran en el espacio de lo propiamente político, aunque originalmente no
tuviesen dicho carácter. De allí resultarían las confrontaciones
sobrepolitizadas que ante la escisión de lo público se resolvían por la fuerza,
la
guerra
y la violencia.
Así,
conflictos étnicos, vecinales, entre localidades y regiones, interindividuales,
conflictos por la tierra, por el control de recursos naturales y de toda índole
se politizaron y se desarrollaron en esa matriz histórico partidista que
sustituyó lo público en Colombia16 .
La
sobrepolitización de los conflictos tuvo como corolario el debilitamiento de
las sociabilidades y la dificultad para consolidar una sociedad civil fuerte y
organizada. La mayor parte de las organizaciones correspondientes a este ámbito
(sindicatos, asociaciones campesinas, gremios, acciones comunales) han surgido
en el espacio de los partidos o terminaron cooptados por ellos.
La
debilidad de la ciudadanía y la ausencia de virtudes públicas. La escisión de lo público y su representación
partidista no permitió que las representaciones colectivas de la modernidad,
como la ciudadanía y la soberanía popular, tuviesen una existencia real y se
instalasen en las mentalidades, en los sentidos comunes y en los ethos
socioculturales; en lugar de ciudadanos, este proceso crea copartidarios,
miembros de partido, clientelas, clubes políticos y otras organizaciones del
mismo estilo.
A
su vez, las virtudes públicas se confunden con la ideología o las necesidades
del partido; en este contexto, ser buen ciudadano pasa a equipararse con ser
buen copartidario, buen miembro del partido, ir a las urnas o apoyar a sus jefes naturales.
No
hay un código público interiorizado y la moral individual privada no provee
elementos que permitan constituirlo.
Pese
a las dificultades descritas y a las implicaciones políticas y éticas de estas
vías de tránsito entre lo tradicional y lo moderno, los partidos y sus
universos simbólicos funcionaron como los referentes de identidad a través de
los cuales se garantizaba alguna forma de legitimidad política. Por su parte la
moral católica, privada y trascendente, logró ejercer control social sobre todo
en el campo de lo doméstico y de las relaciones intersubjetivas; esto en el
espacio de la sociedad mayor, porque las regiones y pueblos excluidos y
librados a su propia suerte constituyeron referentes fragmentarios y localistas
que diferían y se confrontaban con lo bipartidista y con la moral católica.
Este
modelo de legitimidad y de identidad —que funcionó precariamente mientras la
sociedad colombiana fue predominantemente rural y pueblerina, territorialmente
dispersa, económicamente fragmentada y culturalmente desintegrada—, empieza a
mostrar signos alarmantes de crisis política (de legitimidad) y ética (de
valores) cuando el país entra por la senda de las grandes transformaciones
sociales propias de la industrialización, la urbanización y la modernización,
es decir, cuando las formas tradicionales y los referentes espacio-temporales
en los cuales se asentaba el viejo ethos, se disuelven y se descomponen por la
vorágine de la vida moderna.
¿Entonces qué es lo que propone esta
pesquisa? La intención del presente
trabajo está dada desde la enunciación de aquellas categorías que permitieron
la posibilidad de una “guerra civil” en Colombia en el siglo XIX. Pero no sub -
categorías como hechos o fechas sino mas bien las condiciones de posibilidad
ancladas detrás de estos hechos y fechas.
Como una estratega la historia se posa de generación
en de – generación articulando sus huellas dejadas en la conciencia de los
pueblos y de las mentes de sus “ciudadanos”
haciendo el eterno retorno tratando de guiar al general en su laberinto.
Como ideas de formulación
epistemológica, las aristas del proyecto ilustrado francés e ingles se enuncian
pero no se concretan, más bien
rondan las calles oscuras y sempiternas
de la vieja y condenada experiencia del pensamiento enclaustrado en doctrinas
ideológicas en hombres que no han alcanzado la mayoría de edad necesaria para
la consolidación del proyecto ilustrado, y si exponen a su coterráneos a
derramar sangre y vida en nombre de una patria y una nación que reemplazo el
Estado (pero no a la Nación), garante de un ciudadano real y autónomo que esta
mas allá de la pertinencia y la pertenencia a un partido, el jubilo mortal se
concreta en la herencia a un partido ojala sea el conservador pues es este el que expresa con mayor fervor
el mensaje del que murió en la Cruz.
Este inmenso cementerio que es
Colombia llora sus muertos día a día, lo ha llorado desde hace más de 200 años
y parece que está condenada a seguir llorándolos por los siglos de los siglos.
Los llora desde el intento de
asesinato a Simón Bolívar hasta los días en que el sol aun sale bajo el
desteñido velo de moral y ética que presupone el asenso de Juan Manuel Santos
al poder en pleno siglo XXI, quien en su conciencia mantiene la sobra de un
pueblo sin conciencia o con ella pero en letargo perpetuo.
Este estado de conciencia es regalo
divino? O es una maldición de mestizaje,
esa mancha de sangre que nos persigue ? Cualquier respuesta podría referirse a la consolidación de una
artimaña de las historia infantil que ha vivido Colombia durante todo su
proyecto de Patria y República, porque de eso si que nos sobra, tenemos
huéspedes eternos que se quedaron habitar para siempre en la sombra de una
clase política vil e indolente, que se jacta de propender valores para la
subyugación de la conciencia del “pueblo” si es que aun existe esta categoría,
siempre exaltando la Patria y República como categorías de referencia.
Se puede mencionar que si el Estado
quedo reducido como lo expone Uribe (2001) a un simple ejercicio discursivo
enunciativo de unos actores en pelea por la representación de lo público, que asignaron el que hacer ciudadano a la
pertenecía y pertinencia de dicho ejercicio político, en Colombia jamás han
existido guerras civiles, y si estas han sido expresadas, será de manera
enunciativa por parte de los líderes políticos de alta “alcurnia” que incitan a
la masa a levantamientos en armas, pero siempre bajo unas lógicas muy
históricas que develan un trinomio cuadrado no perfecto: lo local, lo regional
y lo nacional.
Ahora bien atrevernos a decir lo
anterior, nos obliga a considerar una revisión rápida de que podría entenderse
como “Guerra Civil”, para (Posada2001) es menester comprender como primer
momento que el concepto de Guerra
resulta complejo y de difícil aprehensión, pues la diversificación de
definiciones pone el tema mismo en una disputa por su significación; si esto le
ocurre al concepto mismo de guerra, el
de “guerra civil “no podrá escaparse de este mismo destino:
Posada
(2001) Expone:
La
“guerra” es uno de esos conceptos en extremo complejos, difíciles de
definir. En sus términos más amplios,
según Clausewitz “la guerra es… un duelo en gran escala”: o “un acto de fuerza para obligar a nuestros
enemigos a hacer nuestra voluntad”(citando otro
autor) desde la perspectiva del derecho y de la política internacional, la
guerra ha sido
históricamente asociada con los conflictos entre estados(citando otro autor)
Una simple definición de “guerra civil” remitiría entonces a un
conflicto interno, dentro de las fronteras de
un Estado, en contraposición a una guerra internacional.
Este es, en efecto, el uso general del término. (p. 1)
La pregunta que subyace a partir de
una postura como esta es como definir entonces “guerra civil” en unas fronteras
sin estado?
Una de las variables que quizás
podamos encontrar como correlacionada al concepto mismo de guerra civil en
Colombia, pero aclaro que no lo define en su mismidad, es el gran componente emotivo y de pasión que
encierra, situación que lleva a expresar como lo expone Posada(2001) la
exaltación de la ira del hombre, situación en la cual el padre combate con el
hijo y viceversa, hermanos entre hermanos, la familia, la comunidad resultan
así enemigas. “las partes en
conflicto pertenecen a una misma
comunidad política, existe cierto balance entre fuerzas en disputa, y un alto
nivel de confrontación que determina conductas extraordinariamente brutales”.
(Posada 2001, citando a Espinosa, p. 2)
Pero que es aquello que a acontecido
en Colombia durante el siglo XIX? siguiendo al mismo autor podemos comprender
que para dar referencia a un concepto se pueden utilizar múltiples interpretaciones que justifiquen la
idea que satisfaga a la mayoría, es así que el derecho internacional denominara
de una forma el concepto de guerra civil y los teóricos de otra manera,
mientras los primeros siempre buscaran adecuar el concepto mismo a su interés:
la aplicación de sus leyes de la guerra a la conducta de los conflictos mismos
para así definir las relaciones jurídicas entre terceros Estados y las diversas
partes en conflicto, los segundos buscaran categorías diferentes de enunciación
como por ejemplo la costumbre.
Desde este estado de cosas, en la cual
la multiplicidad de expresiones discursivas que denotan las categorías más
apremiantes del concepto mismo de “guerra civil” la que puede encerrar mejor lo acaecido en
Colombia durante el siglo XIX puede enmarcar perfectamente en la definición que
el autor toma de los planteamiento de De
Vatell, el cual ofrece una amplia y casi escaneada imagen de lo que resulta el
concepto mismo de “guerra civil” en Colombia, comprendiendo esta como dos
actores sumidos en la irracionalidad propia de la minoría de edad, en donde la
lucha por la representación de lo público juega el papel determinante en el
quehacer político de un determinado “Estado”
Posada(2001) expone:
De
Vattel no sólo favorecía así una amplia definición de “guerra civil”, sino que
iba más allá. Tales conflictos daban
lugar, dentro de una misma “Nación”, al surgimiento de dos partidos que, por sus visiones
opuestas sobre la justicia de sus respectivos actos , deberían ser considerados
por las leyes de la guerra como “dos cuerpos políticos separados, dos distintas
naciones”(citando otro autor). Según De
Vattel la distinción conceptual dejaba de tener sentido: toda guerra
civil debería ser tratada como cualquier
otra guerra internacional. (p.3)
Sin embargo, De Vattel reconocía de todas formas que tan amplio concepto de “guerra Civil” encerraba ciertos elementos sobre la
intensidad o la dimensión del conflicto. Sus referencias a la existencia de la
división de la República en dos partes
opuestas, “cada uno con demandas de ser el cuerpo del Estado”, o al rompimiento del Estado que
conduce a una “guerra pública entre dos Naciones diferentes”, así lo
sugerirían. (p.3)
Esta misma imagen escanea es la que
nos presenta Uribe (2001) en su texto Nación, Ciudadano, y soberano, en la cual
nos expone como esta República se desfiguro desde el mismo momento del grito de
la independencia y de lo cual se hizo mención en párrafos anteriores.
Ahora bien poder definir esas
categorías que tratan de explicar la hipótesis que plantea este escrito pueden
comenzar a rastrearse además de lo enunciado arriba, también, en la poca correlación entre lo que se
menciono como el trinomio cuadrado no perfecto (Nación, Región, Local) y como
estas formas de enunciación discursiva bien sea liberal o conservadora no se
dio de las mismas forma en los dos últimos términos (región, local) y mucho
menos como tratamos de explicar con
Uribe(2001) en el ámbito Nacional.
González (2004) Expone:
Las reflexiones de Kalyvas parten de considerar que las guerras
civiles no son conflictos binarios ni dicotómicos, sino procesos complejos y
ambiguos que promueven las acciones conjuntas de actores locales, cuyas
motivaciones, identidades e intereses se adaptan a los cambios nacionales y
utilizan los recursos del orden central para su propia ventaja y en perjuicio
de sus rivales. En ese sentido, sostiene este autor, muchas de las acciones de
estas guerras parecen más relacionadas con asuntos locales o privados que con
las confrontaciones de carácter general, ya que los actores locales aprovechan
la guerra para arreglar conflictos locales y privados que a veces no guardan
ninguna relación con las causas generales de la guerra ni con los objetivos explícitos
de los beligerantes. Por otra parte, los actores que buscan el poder central utilizan
recursos y símbolos que apelan a conseguir alianzas con los actores de las periferias
local y regional que están luchando por sus intereses locales y regionales, con
quienes podrían lograr una producción conjunta de acciones. Esta concepción implica,
lógicamente, un desafío para la división clara entre la violencia política y la
privada, y plantea una interacción entre actores nacionales, regionales y
locales con diferentes identidades, motivaciones e intereses. Por eso, afirma
Kalyvas, las guerras civiles pueden ser vistas como procesos que brindan
la oportunidad de que salga a flote una
variedad de ofensas dentro de un conflicto mayor: esas ofensas pueden obedecer
a tensiones locales o regionales preexistentes, o pueden ser también inducidas
por la misma guerra civil, dados los cambios de poder en el nivel local y
regional. (p. 39 -40)
Estos intereses entre lo que he
denominado trinomio cuadrado no perfecto es lo que se evidencia en los
distintos hechos ocurridos en la lucha por el poder entre liberales (sociedad
moderna) y conservadores (sociedad tradicional) y que dieron nacimiento al sin
fin de posiciones políticas explicitas en las distintas Constituciones
Políticas que tuvo Colombia hasta la irrupción del re - generador Núñez.
La guerra civil acaecida en Colombia
en el siglo XIX puede comprenderse como un ejercicio estratégico entre las tres
partes involucradas y que estaba sedientas de poder y que buscaban mantener siempre
un ejercicio de representatividad en ese imaginario colectivo que se llamaba
Estado pero que se lograba confundir con referentes como Patria o Nación,
González (2004) Expone:
a veces el poder estatal
regional puede convertirse en el enemigo mortal del poder local en un régimen
federal, mientras que el centralismo de un Estado lejano e ineficiente puede
representar una garantía para las autonomías locales.7 La necesidad de esta lectura tripolar se hace
evidente en el caso de la apelación al federalismo en la última etapa de la
Guerra de los Supremos, como conclusión de un conflicto que se inicia en la
localidad, se expande a la región y luego a la nación, y sirve de detonante de
una serie de problemas muy distintos en cada una de las regiones involucradas
Bibliografía:
González Fernán
E. (2004) A propósito de “Las
palabras de la guerra”: los comienzos conflictivos de la construcción del
Estado nación y las guerras civiles de la primera mitad del siglo XIX*
en Estudios Políticos No. 25 Medellín-. julio-diciembre 2004 – 37 – 70.
Posada, Eduardo
(2001) ¿GUERRA CIVIL? El lenguaje del conflicto en Colombia. Bogotá D.C.
Colombia. Ideas Para la Paz.
Uribe, María T.
(2001), Nación, Ciudadano y Soberano.
Medellín, Colombia. CORPORACIÓN REGIÓN
Uribe, María T. (2004), El republicanismo patriótico y
el ciudadano armado*. En Estudios políticos. No. 24. Medellín. Colombia.

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